Toda conducta ha de estar regida por un código de valores y, a diferencia de otros seres vivos, cuyo instinto innato los guía, el ser humano ha de escoger los suyos propios. No le vienen dados por la naturaleza. Ha de crearlos. Esa es la maldición de nuestra razón, que nos convierte en los seres más avanzados del planeta pero nos carga con la responsabilidad de nuestra existencia. Hemos de construir nuestros valores para dirigir nuestra conducta, y para poder establecer los mismos, tenemos que saber antes qué es el bien y qué es el mal, cómo alcanzamos la felicidad, qué comportamiento es virtuoso, qué objetivo hemos de perseguir… Sin esas respuestas, la vida es una barca flotando en la nada. No hay puerto fijo, no hay ruta a seguir, no hay destino al que arribar.
Es imposible escapar a la ética porque es imposible vivir sin preguntarse ¿cuál es mi camino? ¿Por dónde debo tirar?
Como decía Ortega y Gasset, el ser humano no “es”, sino que “se hace”. Y la ética es una de las tareas más importantes que hemos de acometer todos los seres humanos, nos guste o no. Es una idea universal de la que nadie se libra. Cualquiera puede vivir decentemente sin plantearse jamás cuáles son los secretos del universo o por qué existe el ser en lugar de la nada, pero a ver quién es el guapo que pasa un solo día sin determinar qué debe hacer o por qué ha de hacer esto y no lo otro. No es posible vivir sin un código ético. Por eso se trata de algo tan importante.
Al estar centrada principalmente en la acción humana, la moral se convierte en algo tremendamente simple e implacable. Aquí no hay medias tintas. En una reflexión teórica podemos permitirnos el lujo de discutir eternamente los matices y las variantes. Podemos postergar sin límite la resolución del problema (¿cuántos siglos llevamos preguntándonos por la existencia de Dios?). No ocurre así con la ética. Esta implica actuar, y actuar implica mojarse. Para hacer esto o lo otro, tomar esta o aquella decisión, hemos de lanzarnos a un camino y renegar de todos los demás. Y por si fuera poco, esto tiene repercusiones en múltiples aspectos de nuestra vida. Mejor será asegurarnos de que funcione nuestro timón, ¿no?
Publicado en la revista Filosofía y compañía
