La necesidad de sentido es hoy la misma de siempre, pero ya no resultan satisfactorias para muchos las respuestas tradicionales de la religión y la filosofía basadas en dogmas, en mitos orientados a mitigar la angustia existencial y el miedo a la muerte, o en metarrelatos no corroborados por la experiencia directa.

El siglo pasado ha protagonizado, además, un cuestionamiento progresivo de instituciones y tradiciones milenarias, lo que ha contribuido igualmente a inocular el fermento de la duda y la sensación de que todo es incierto y relativo, de que no hay referentes sólidos a los que atenerse. También han hecho aguas para una mayoría las grandes utopías sociopolíticas que buscaron llenar el vacío dejado por la crisis de las cosmovisiones tradicionales. Y no todos atinan a dar un sentido elevado y creador a su existencia cuando el entorno social, lejos de ofrecer modelos adecuados para ese fin, invita a avanzar en la dirección opuesta.

De hecho, muchos de los actuales nuevos dioses son preocupantemente banales, como lo es el dios de la religión del consumo y del mercado, cuyo proselitismo agresivo “presiona constantemente con: ‘Cómprame si quieres ser feliz’. Si no se está cegado por la separación habitual entre lo profano y lo sagrado, se puede comprender que aquí se trata de la promesa de una nueva salvación, de un nuevo medio para resolver la cuestión del desamparo.

Esta nueva religión —que con su promesa futura de satisfacción siempre aplazada y de crecimiento material ilimitado ha contribuido a disociar al individuo del cosmos (como evidencia la actual crisis ecológica), a minar los valores comunitarios y a atomizar las sociedades— ha dado a muchas vidas un perfil reconocible: la carrera autista y frenética por adquirir símbolos de estatus y por acumular momentos de placer ávido y caro.

Hoy son más vigentes que nunca las palabras con las que John Ruskin retrataba la inquietud de sus contemporáneos: “Nuestros dos objetivos en la vida son los siguientes: por más que tengamos, poseer más, y donde sea que estemos, ir a otra parte”.

Pocas personas no intuyen en algún nivel de sí mismas la futilidad de esta persecución que, por su misma naturaleza, no puede hallar reposo ni satisfacer nuestros anhelos más genuinos; de aquí que la ansiedad, la insatisfacción y la frustración generalizadas sean epidémicas, y de aquí el éxito de todo lo que acalle pasajeramente este malestar, como la estimulación continua de los sentidos —es decir, más de lo mismo— o los psicofármacos. Aún así, la religión del mercado “ya se ha convertido en la religión más próspera de todos los tiempos, y gana adeptos con todavía mayor rapidez que ningún otro sistema de creencias o de valores en la historia de la humanidad.

Si tanto la religión como la filosofía han tenido históricamente la función de ayudarnos a comprender la realidad, nuestro lugar y función en ella, y el sentido de nuestra existencia, ambas “satisfacen cada vez menos esta función; precisamente porque es suplantada —o encubierta— por otros sistemas de creencias u otros sistemas de valores. Hoy en día, las ciencias constituyen el nuevo sistema de explicación más poderoso, y el consumismo, el sistema de valores más atractivo.


Mónica Cavallé, El sentido filosófico de la vida humana.




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